La idea nace en 2002 cuando siendo estudiante de Arte en la ciudad de Viterbo, empiezo a poner en práctica las recetas de la abuela de mi madre. Durante las cenas con amigos y en los encuentros romanos con Stefano, el “cecatello” de la abuela Sofía es el rey absoluto.

Tantos días soñaba y planificaba un restaurante que no sabía si nacería algún día. Empezando por el logotipo y el nombre (siempre se empieza por lo último, ¿a que sí?), llego a elegir las primeras recetas entre aquellas conocidas por amigos, madres de amigos, abuelas… A medida que pasa el tiempo voy teniendo una idea cada vez más clara de cómo sería el “Mandarosso”.

En diciembre de 2006 mi padre me ofrece su ayuda para concretar el proyecto. Así comienzo una búsqueda obsesiva de un local en Barcelona, ciudad en la que vivo desde hace un par de años por estudios. Después de tres semanas, me encuentro con Mari, propietaria de un pequeño restaurante abierto desde hace más de 30 años.

Tras muchas dificultades económicas y burocráticas, firmamos la compraventa en julio de 2007. No me lo puedo creer… el “Mandarosso”, o mejor dicho, “Le Cucine Mandarosso”, en honor a las miles de recetas de amigos y familiares, ¡por fin se hace realidad! Poco a poco, con la preciosa ayuda de mis amigos Villani-Blundo, el local empieza a tomar forma.

El día 19 de enero de 2008 estamos listos para la fiesta de inauguración… o casi. A las 19h aún no tenemos la luz, regalo de nuestro electricista Jaume. ¡Qué emoción! ¡Están todos! También personas que no pensaba que pudieran acudir… Ahora llega la parte más difícil: abrir y hacer que funcione.

Y así llegamos al primer día, el 14 de febrero, con pocas certezas pero con mucho entusiasmo. Sin un duro pero con amigos y familiares echando un cable en la cocina y en la sala. Inolvidable la imagen de mi padre fregando los platos… (El lavavajillas llegaría al cabo de unos meses).

Los primeros clientes vendrían dos días después: Roger, Yolanda y Pep, ahora nuestros amigos. Desde ese momento, es un aprendizaje continuo: cocinando platos cada vez más complejos y reproduciendo los postres del abuelo Crescenzo, pastelero de Avellino, cuyas recetas habían estado guardadas celosamente por el tio Zi’ Mimi y cuya nata ha deleitado generaciones de clientes, amigos y familiares.

Sin darnos cuenta, trabajamos cada vez más.  Ya no es suficiente la ayuda de familiares y amigos.  La cosa empieza a ponerse seria y comenzamos a entenderlo…